No puedo creer en la política porque no me está dando respuestas. No quiero hablar de políticos porque conozco unos cuantos y no todos son unos chorizos. Lo que no se le escapa a nadie es que toda la política es cuestión de intereses y si entras en el juego, entras con todas las consecuencias. Por eso yo no entraría jamás. No sirvo para ello.
Las respuestas que busco son: ¿por qué tengo 34 años y no tengo trabajo ni veo un horizonte claro en mi vida?, ¿algún día me pagarán un sueldo digno que me permita vivir tranquilamente?, ¿y podré tener un piso propio sin estar contando el dinero que me queda para llegar a final de mes una vez pague la hipoteca?, ¿mi futuro, realmente, está en Alemania?, ¿tendré, pues, dinero para pagarme las clases de alemán en caso de tener que estudiarlo por necesidad?
Al final, todas esas cuestiones se quedan en nada cuando llegas a Plaça Catalunya y ves a tantas otras personas como tú que se hacen la misma pregunta. Y no son perroflautas. Y no son okupas. Son personas que un día pensaron que al llegar a la treintena, vivirían felizmente desahogados con los quebraderos de cabeza mundanos habituales: fulanito/a no me quiere, no sé donde irme de vacaciones este agosto, intento dejar de fumar y me cuesta, tengo que hacer dieta... preocupaciones que, ahora mismo, no valen nada.
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