20 de mayo de 2009

Día cero

En el día elegido a la hora señalada, Dylan cargó el coche con todo lo que necesitaban para su propósito. Repasó que todo estuviera bien y no faltara nada. Su amigo Martin llevaría el resto. Cerró de un estruendoso golpe el maletero. Sonrió al retrovisor y se metió en el coche. Encendió el motor y luego la radio. Puso una emisora y sonaban Rammstein. Chilló la canción al mismo ritmo que llevaba el cantante. Bajó la ventanilla y arrancó el coche con furia.

En la otra punta del barrio, la dulce Patty se dirigía como cada mañana a coger el autobús que la llevaría al instituto. Ese día estaba contenta. Billy le había pedido una cita. Con una sonrisa boba en la cara, apretó fuertemente el colgante que él le había regalado en su 15 cumpleaños y se sentó en la parada. Justo cuando se subió al autobús, se dio cuenta de que se había dejado la carpeta en casa, pero ya era tarde para bajarse. Tendría que llegar a la mitad del trayecto y coger el autobús de vuelta a casa. Iba a llegar tarde, pero prefería eso a ir sin sus apuntes, que era como ir desnuda.

Mientras, Martin miraba su reloj. Lo tenía sincronizado con el de Dylan. A las 9 se encontarían en el aparcamiento del instituto como tenían planeado. La excitación lo había tenido sin dormir gran parte de la noche. Aun así, se encontraba despejado y descansado. Era el poder de la adrenalina. Quedaban 5 minutos para el encuentro. Lo habían planeado hacía tanto. A lo lejos, vio el coche de su mejor amigo. Conducía muy rápido. Dylan casi barrió los pies de Martin al girar bruscamente.

- ¿Qué haces, gilipollas? – dijo Martin con cara de rabia.
- UUUUUUUUUUUUUUUH! – chilló Dylan.

Martin sonrió. Sabía que su amigo estaba, como él, en pleno subidón.

Unas ventanas más arriba, el director Nolan discutía por última vez con su mujer. “Quiero el divorcio”, chillaba ella desde el otro lado de la línea. “Bien”, respondió él, “no voy a ponerte problemas si eso es lo que quieres”, le respondió. Y colgó. Era una celosa compulsiva, se dijo. Cogió el marco con la foto de las vacaciones de tres años antes a Europa. Se les veía felices sonriendo a la cámara en los canales de Venecia. El director Nolan giró la fotografía. En ese momento, la secretaria Melinda entró al despacho.

- Cuantas veces tengo que decirte que llames a la puerta antes de entrar!
- Lo siento, Sr. Nolan.

Melinda salió del despacho sin hacer ruido y Nolan volvió a concentrarse en los papeles que tenía en la mesa.

Patty llegó a la siguiente estación a los 15 minutos de haber salido de casa. Bajó del autobús y cruzó la acera. Tuvo suerte porque el autobús de vuelta llegó casi al instante. Subió de regreso a casa para coger su carpeta. En su cabeza, solo un pensamiento y no era precisamente que iba a llegar tarde a su clase favorita, matemáticas: era que vería más tarde a Billy.

Dylan cargó sus cosas en la mochila y cerró el maletero. Martin le esperaba apoyado en la pared del aparcamiento, fumándose un cigarro.

- Joder, tío, voy a echar de menos estos porros de primera hora.

Dylan no respondió. Él no fumaba desde hacía meses. Solo tomaba aquellas malditas pastillas que le había recetado el médico, pero aun así, a escondidas de su madre, había dejado de tomarlas un mes y medio antes.

- Lo tienes todo? – preguntó Martin a su amigo.
- Todo tío. Se van a cagar estos mierdas!
- Ya lo creo… joder! Hoy es un gran día.

Enfundados en sus trajes negros, subieron las escaleras del instituto sin llamar la atención. Todavía no era la hora señalada.

El director miró el teléfono dubitativo. Sudaba y no sabía si realmente hacía calor. Solo sabía que tenía las pulsaciones a mil. Llamó a su secretaria.

- Melinda, por favor, me podrías traer una tila?

La secretaria puso mala cara.

- Claro que sí, Sr. Nolan.

Nolan bufó inquieto. “Esa maniática celosa me va a quitar mi dinero… seguro que empezará a buscar abogados para dejarme sin un centavo”, se dijo para si mismo. Los números aquel día no le cuadraban. No podía concentrarse. Se desató el nudo de la corbata y apagó la pantalla del ordenador. Se levantó para mirar por la ventana. Justo en aquel momento, vio a dos chicos de negro entrar por la puerta del centro. “Madre de Dios”, pensó. “Esta juventud de hoy en día cada vez visten peor”.

Entre tanto, Patty entraba por la puerta de casa corriendo aceleradamente.

- Patty? Eres tú?
- Mamá, me he dejado la carpeta.
- Hija, qué te pasa? Últimamente andas muy despistada.
- No te preocupes, mamá. Ya me voy. Hasta luego!

Patty salió corriendo de nuevo hacia la parada por segunda vez ese día. Mientras volaba para no perder el autobús de las 8, pensaba en Billy. A estas horas debía estar a punto de entrar en clase de baloncesto. “Es tan guapo”, pensó. “Y por fin me ha pedido que salgamos juntos y será esta tarde”. El día iba a ser muy largo pero por suerte para ella, coincidirían en clase de ciencias naturales. Qué bien! Podría sentarse a su lado, preludio de un día que iba a ser el mejor de su vida.

Dylan fue a su taquilla. La abrió y miró el poster de Rammstein. Los alemanes eran la banda sonora de su vida. Du, du hast, du hast mich… tú me odias, tú me odias… qué gran canción! Expresaba precisamente lo que él creía que sentían los demás por él. Odio! Todos me odiais. Miró a Martin, de los pocos que no le odiaban. Estaba tan tranquilo. Mientras a él le herbía la sangre, Martin no se movía. Qué ganas tenía de que fueran las 10… iban a tardar realmente poco. Se fueron para clase.

A las 9 y media se dirigieron a la cafetería. Pidieron un café y un zumo. Se sentaron en la mesa más lejana de la barra, que era el sitio donde mejor perspectiva tenían. Dylan no se quitó la gorra. Martin la llevaba en su mochila y se la puso. Empezaron a mirar hacia todas direcciones con disimulo. En 5 minutos empezó a llenarse la cafetería de alumnos. Todos iban a almorzar. Mientras la gente se agolpaba en la barra a pedir sus desayunos, Dylan y Martin ya se habían acabado el suyo. Dejaron sus pesadas mochilas junto a dos columnas sin que nadie se percatara de ello y salieron por la puerta. Eran las 10 menos cuarto.
El frío del metal excitó a Martin. Bajo su abrigo negro la podía tocar y sentir. Su gran amiga. La había comprado por Internet, en una página que solo conocían un par de amigos. La habían probado en cuanto le llegó a su apartado de correos. Qué bonita era. Grande, negra… maravillosa. Le encantaba. Qué lástima que no fuera a darle tiempo a bautizarla. Ya no había tiempo.

En ese momento, Billy Thomas apareció en la cafetería. No sabía donde se había metido Patty. Tenía muchas ganas de verla, pero no había aparecido al final de su clase de baloncesto, como solía hacer cada martes. Pidió una bebida isotónica en la barra y se sentó la única mesa libre de la cafetería, cerca de una columna. No cabía un alfiler como cada día a esas horas. Quedaban segundos para las 10 de la mañana.

En solo un par de segundos, una fuerte explosión hizo saltar todo en pedazos. El cuerpo de Billy tocó el techo para desplomarse al otro lado de la sala y como él decenas de chicos y chicas. Los que estaban al otro lado de las columnas, se vieron despedidos por la onda expansiva. Los que estaban más lejos fueron alcanzados por los cascotes de pared, suelo y columnas que se les echaron encima.

El director Nolan botó en su asiento. “Qué ha sido eso?”, se preguntó. Enseguida sonaron las alarmas. “¿Qué ha sido eso?” Su corazón empezó a latir tan rápido como cuando su mujer le llamó para pedirle el divorcio. Salió corriendo de su despacho hacia abajo. En su camino se topó con Melinda.

- Qué ha sido eso?
- La cafetería, señor, ha volado en pedazos.

Cientos de alumnos corrían ensangrentados.

- Díos mío!!! – chillaban algunos.

Nolan no creía lo que veía. Se echó un par de veces las manos a la cara cuando vio desde el piso de arriba a varios alumnos correr ensangrentados hacia la salida.

- Melinda, llama a la policía, a ambulancias… muevete.

Bajó las escaleras hacia la cafetería cuando se cruzó con dos chicos que parecían estar en otro mundo. “Donde los había visto antes?”, pensó. “Ah, son los chicos esperpénticos que he visto entrar esta mañana”. Uno de ellos, el más rubio, sacó una pistola negra y grande del bolsillo de su abrigo negro, se la dio a su compañero y éste le disparó al pecho mientras gritaba:

Du, du hast, du hast mich

El director Nolan cayó al suelo fulminado, pero pudo ver a los dos chicos como se reían mientras le apuntaban por segunda vez. Esta vez, fue el moreno.

- Adiós, señor director.

Y de un disparo en la cabeza, Martin acabó por parar el corazón desbocado del director.


Al cabo de unos minutos, los dos amigos fueron a la salida del colegio y delante de los alumnos que chillaban y corrían con las caras desencajadas por el horror vivido en la cafetería, Martin disparó a Dylan un tiro en la cabeza. Antes de que nadie pudiera reaccionar, Martin se voló los sesos con la misma pistola.
Justo en aquel instante, Patty llegó a la puerta del instituto y no podía creerse lo que veía. Cientos de chicos y chicas, sus compañeros de clase, corriendo asustados, llorando, chillando. Se topó de frente con Burt, el mejor amigo de Billy.

- Burt, qué ha pasado?
- La cafetería ha volado en mil pedazos – dijo Burt. Han sido esos dos, Dylan y Martin, los zumbados! Han volado la cafetería y luego se han volado la cabeza!
- Y Billy? Preguntó alterada Patty. Donde está Billy?
- Billy estaba en la cafetería!


Patty cayó al suelo de rodillas aferrada a su carpeta. “Billy”, gritó. Soltó la carpeta y miró su colgante y la inscripción que Billy le había grabado.

“Prométeme que jamás dejaras de venir a verme a los entrenos o moriré”.

28 de junio de 2008

La cita

Lupe salió de casa con el abrigo de diario y la cara lavada. Ese día se había levantado temprano, había barrido la casa, limpiado el polvo, fregado el suelo y le había preparado el desayuno a Bruno como todas las mañanas desde hacía 7 años. Lo único excepcional era que se había tomado el día libre en el trabajo. Todo lo demás en su vida respondía siempre a la misma pesada rutina, una rutina enganchada a su piel.
Caminó con paso lento y tedioso hasta la parada del autobús y cogió el primero que pasó camino al centro de la ciudad. Validó su billete y se sentó en el primer asiento que vio libre, al lado de una mujer. La miró y vio que estaba embarazada, de unos 7 meses. Lupe bajó la vista y su mirada se llenó de una mezcla entre tristeza, desolación y delirio.

Llegó al bar en el que había quedado a eso de las 10 de la mañana. Allí estaba ya Mara, con los ojos hinchados de haber dormido poco, pero perfectamente maquillada y vestida con una blusa que transparentaba su sujetador, falda corta y zapatos de tacón. De su silla colgaba un brillante y colorido abrigo verde. Lupe miró a su amiga con cara de aversión. Se sentó enfrente suyo, en la mesa cuadrada, y pidió un café solo. Mara la miró con frialdad.

- Sé lo que vas a decirme, Lupe, pero la decisión está tomada.
- No puedes hacerlo, Mara, no es justo.
- ¿Qué no es justo? ¿No es justo para quien?
- Ni para el niño ni para el padre.
- ¿Para ese desgraciado? El niño es mío y solo mío, Lupe, que te quede bien claro.
- Se necesitan dos para concebir un hijo. Tú sola no hubieras podido.
- Por favor, Lupe, le conocí una noche en un bar. Seguro que ni siquiera se acuerda de mi nombre.
- Aún así tiene derecho a…
- ¡Lupe!

El chillido de su amiga la sobresaltó. Lupe sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas. Aún así se contuvo. Mara dio un sorbo a su café y sacó su pitillera para encenderse el cigarro. Lupe la miró de nuevo con decepción en su rostro:

- No deberías fumar en tu estado.
- Veo que sigues empeñada en amargarme el día. ¿Qué demonios quieres, Lupe? ¿Qué pretendes con esta actitud?
- Quiero proponerte un trato. Ten el niño. Bruno y yo nos haremos cargo de él. Lo adoptaremos. Mara, necesitamos ese niño. Desde lo de mi cáncer sabes que todo ha ido mal. Era la ilusión de Bruno, Mara, y no podemos adoptar. Por mi depresión, ya sabes. Y nuestro sueldo no nos da para comprar un niño. No podemos, ya lo sabes. Y tú quieres abortar… no lo hagas, Mara, no lo hagas… por favor…

Lupe empezó a llorar, tristemente, frustradamente. Mara encendió el cigarro y dando una larga calada, cruzó las manos sobre la mesa. En su reloj marcaban las 10 y 10.

- Lupe, ese no es mi problema. Tengo cita programada y en dos días todo se acabará. No voy a pasar por esto ni por ti ni por nadie. Sí, con lo de tu cáncer todos lo pasamos mal. Bruno, tus padres, tus amigos… todos! Pero no me pidas eso porque no lo estoy dispuesta a hacer.

Entonces, la cara de Lupe cambió por completo. Sus ojos se volvieron fuego, si mirada ira y su cara se desencajó en un instante. Como poseída por el demonio, se lanzó sobre su amiga chillando:

- ¡No lo vas a hacer, perra, no vas a matarlo! ¡Antes, te mato yo a ti, te mato!

Y en menos de un segundo, Mara cayó al suelo, con unas tijeras de costura clavadas en el cuello, sangrando a borbotones. Con la blusa transparente manchada de sangre y los ojos sorprendidos de quien no espera recibir semejante puñalada.

8 de mayo de 2008

Phillies

Parecía un lunes como cualquier otro, pero ese lunes iba a ser diferente. Salí del trabajo tarde y como solía hacer a veces, me fui a Phillies a tomar algo antes de ir a casa. Me senté en el taburete frente a la barra y pedí un café. Ni siquiera me quité el abrigo ni el sombrero. El camarero me preguntó si solo o con leche. “Solo”, le dije. Por el ruido de la cafetera me di cuenta que estaba algo estropeada. Aun así, vi como el café salía mientras el camarero aprovechaba esos segundos en los que caía el café para ordenar las tazas recién lavadas. Delante de mí, una pareja discutía acaloradamente. Él era un tipo viejo y parecía enfadado. Ella era rubia y muy sexy, y miraba al viejo con los ojos muy abiertos. No podía oír la conversación, aunque intentaba distinguir algunas palabras entre el ruido de la cafetera. Finalmente, cuando la cafetera dejó de hacer ruido y el camarero ponía la taza en un plato junto al sobre de azúcar, escuché a la rubia decirle al viejo “eres un cerdo”. Se levantó y rápidamente cogió su abrigo y salió del bar. Yo salí detrás suyo.

La mujer caminaba rápido por la acera mojada. Había llovido posiblemente en los escasos 5 minutos en los que había estado en el bar. Yo la seguía, intentando no resbalar con mis zapatos de suela gastada; hacía mucho que no me podía permitir unos nuevos. Nos íbamos alejando del bar por la larga calle, ella haciendo sonar sus tacones, yo tratando de guardar una distancia prudencial. Al final, la rubia se paró en seco y miró atrás. Yo también me paré. Me miró, mientras sacaba un cigarro del bolso y se acercó a mi sin apartar sus ojos de los míos.

- ¿Me da fuego, por favor?
- Sí, claro
Saqué el mechero de mi abrigo y encendí la llama. Ella acercó sus labios carmín hacia mi mano, se colocó el cigarro en la boca y lo encendió dando una larga calada. Exhaló el aire hacia arriba.

- Gracias – dijo.
Asentí con la cabeza.

- ¿Me puede decir por qué me sigue?
- ¿Yo? – balbuceé – Seguirla yo?

Se quedó en silencio.
- No es bueno que una mujer como usted ande sola por este barrio a estas horas.
- ¿Una mujer como yo? ¿A que se refiere? ¿Y qué le hace pensar que no sé donde estoy?
- Me refiero a que es usted joven y… este no es un barrio seguro. ¿Es usted de aquí?
- Tiene razón, no… no sé donde estoy. En realidad, no sé ni a donde voy.
- Si quiere, puedo acercarla a algún lado. Parece que va a volver a llover – dije señalando al cielo oscuro.
- ¿Y como sé si puedo fiarme de usted?
- No puede saberlo. Tendrá que fiarse o desconfiar.
- Me llamo Juliette – dijo tendiéndome la mano.
- Theodor – dije – pero puedes llamarme Theo.
- No tienes cara de llamarte Theo – sonrió.

Caminamos juntos dos calles hasta mi coche. Le abrí la puerta y ella subió de manera delicada, dejando entrever su corto vestido rojo pasión bajo su abrigo, ese vestido que cubría sus largas y perfectas piernas. Subí al coche y encendí el motor. Enfilé la larga calle en dirección al centro.

- ¿Una mala noche? – le pregunté.
- Mala
- ¿A dónde te acerco, Juliette?
- Donde tú vayas.
- Yo iba a mi casa.
- Pues llévame contigo.
- ¿Estás segura? Puedo acercarte donde quieras…
- No tengo donde ir, así que tu casa no me parece una mala opción.

De camino a mi apartamento, me contó quien era el tipo de la cafetería con quien había estado discutiendo. “Mi tío – dijo – mi maldito tío y tutor desde que mi padre murió. Me acababa de decir que se ha dilapidado mi herencia en un negocio. La herencia que mi padre me dejó, mi dinero”. Me contó que acababa de cumplir 21 años y que odiaba desde hacía tiempo a su tío. Ahora que ya podía disponer de su dinero y estaba decidida a largarse de casa, se veía sin blanca. Empezó a llorar. Le acerqué un pañuelo de la guantera, rozándole la rodilla casi sin querer. Ella se secó las lágrimas y permanecimos en silencio hasta que llegamos a mi casa.
En mi desordenado piso, le ofrecí un café que ella aceptó. No tenía azúcar ni leche, así que se lo tomó solo. Yo también me serví otro y fumamos. Mientras, empezamos de la vida, de mi divorcio, de que tras el juicio con mi ex mujer me había quedado en la ruina… y ella me escuchaba y asentía con la cabeza.
- Somos un par de estafados por nuestra familia- dijo Juliette.
- Yo no tengo familia – le respondí.
- Pero tendrás amigos…
- Un par de compañeros de trabajo. Apenas tomo alguna cerveza con ellos de vez en cuando y poco más.
- Bueno, Theo, ahora tienes una amiga.

Se acercó y me cogió la cara entre sus manos. Me besó y me siguió besando. Yo también la besé y la acaricié, pero acabé apartándome de ella.

- Juliette, no creas que no me gustas, pero esto no está bien.
- ¿Por qué? – me preguntó extrañada.
- Míranos – señalé a un viejo espejo que tenía en la pared, justo enfrente nuestro- tú eres joven y guapa y yo… te doblo la edad. El mes que viene cumpliré 54.
- Pero… ¿y eso qué importa?
- Es mejor que nos vayamos a dormir. Yo lo haré en el sofá. Allí está mi habitación. Tranquila, las sábanas están casi limpias.

Juliette no dijo nada más. Con un tono muy seco, me dio las buenas noches y cerró la puerta de mi cuarto de un portazo.
Por la mañana, cuando el sol entraba ya por la ventana, me desperté de un sueño muy profundo. La puerta del cuarto estaba entreabierta. Juliette no estaba dentro. Se había marchado, no supe a qué hora, no la escuché salir. Entré en mi habitación y vi mis cosas revueltas. Entre ellas, sobresalía la foto de Nina, mi hija a la que hacía años que no veía, mi niña de 20 años. Y pude imaginarme a Juliette corriendo escaleras abajo.

27 de marzo de 2008

Lintontown

Cuenta una leyenda urbana que bajo el suelo de cualquier ciudad se extienden otros cientos de ciudades, tenebrosas, sucias, oscuras, malolientes y llenas de gente a la que es mejor no tratar. Un día, yo descubrí una de ellas. Era miércoles y el metro iba a reventar, como cada día laborable en Unán. Sin que nadie supiera el porqué, el convoy en el que iba, se detuvo en mitad del túnel. Estuvimos allí casi 10 minutos hasta que desde megafonía escuchamos la voz del conductor que nos anunciaba que estaríamos allí al menos una hora más, que había un problema con el motor y que estaban esperando a los bomberos. Recuerdo que también dijo que los pasajeros teníamos dos opciones: quedarnos dentro del metro y esperar la ayuda que vendría más tarde o bajarnos e ir caminando a lo largo de la vía hasta el apeadero de Lintontown.

No había oído jamás hablar de ese apeadero. Ni yo ni ninguna de las 57 personas que íbamos en aquel vagón. Nos mirábamos con cara extrañada. Nadie parecía entender ni mucho menos moverse. Menos una chica de ojos verdes intensos. Me cogió del brazo y me dijo “bajémonos! Aquí no hay mucho que hacer menos esperar”. No sé si fueron los ojos o el tacto de su mano en mi brazo dolorido por un accidente reciente, pero le hice caso sin decir una palabra.

A los dos minutos de andar por la vía que se clavaba en mis viejas zapatillas y por extensión, en mis pies planos, llegué al apeadero. Lo primero que ví fue la oscuridad. No había luz que lo alumbrara salvo un pequeño fluorescente que parpadeaba, con ese efecto que daña la vista y los oidos. BRSSSSSSSSSSSSSS, BRSSSSSSSSSSSSS… También me di cuenta pronto que olía muy mal, a restos de orín y comida que alguien había tirado al suelo. La chica de los ojos verdes cogió una bolsa que había debajo del único banco de madera roñosa que había en el apeadero.

- Una hambuguesa!!! Genial, no me ha dado tiempo a desayunar.
Y antes de que yo mismo fuera capaz de ver que realmente era una hamburguesa lo que había dentro de la bolsa de papel, se metió en la boca un trozo de carne.

- ¿Pero qué haces? No te comas eso, no sabes de donde viene.

Era tarde. La chica de los ojos verdes se comió la hamburguesa sin parpadear. Mientras el mal olor penetraba incesantemente en mi nariz, la oscuridad en mis ojos y el zumbido del fluorescente en mis oídos, unas nauseas me hicieron tener unas terribles ganas de vomitar.

- Tranquilo, morenito, que la hamburguesa no estaba mordida. Por cierto, me llamo Nia.
Me extendió la mano, la misma que me había rozado instantes antes en el metro. La miré y la estreché con desconfianza. Ella aprovechó para empujarme hacia sí.

- Apuesto a que ésta es la mayor aventura que has corrido en tu vida, eh, morenito?
- No me llamo morenito. Soy James.
- Jim?
- No, Jim no, James.
- Apuesto a que ésta es la mayor aventura que has corrido en tu vida, eh Jim?

Me di cuenta de que no me escuchaba cuando una décima de segundo más tarde corrió hacia una puerta a nuestras espaldas. La empujó hacia adentro y desapareció, dejándome atrás, todavía con nauseas y descolocado. La seguí. Ya que había bajado en ese apeadero y no sabía cuanto tardaría el próximo tren en pasar, no iba a quedarme allí más rato. Además, tenía que salir a la calle para intentar llegar a mi trabajo caminando. Pero no sé por qué, aquello era lo que menos me importaba.

Entré detrás de Nia. La puerta daba a un tenebroso bar en el que apenas distinguía nada. No había nadie, estaba abandonado.

- Jim, ¿quieres un café? – Nia sacó la cabeza de detrás de la barra.
- Por dios, qué susto. No, no quiero nada.
- Vamos, Jimmy, un cafelito sólo, tomátelo conmigo anda. ¿O acaso tienes algo mejor que hacer?
- Tengo que ir a mi trabajo.
- ¿A qué te dedicas?
- Soy arquitecto- mentí.
- ¿Arquitecto? ¿Y tu maletín? Pensaba que los arquitectos siempre llevaban maletín.
- Todo lo que necesito lo tengo en mi despacho.
- Jimmy, Jimmy… no se te da muy bien mentir. Anda, siéntate.

A tientas, alcancé una silla. De pronto, una cegadora luz iluminó la sala.

Una barra enorme, llena de polvo y líquido pastoso, estanterías desprovistas de todo, cajones, sillas, mesas polvorientas, una fregona tirada en medio del suelo, una cafetera antigua, medio oxidada y poco más… Nia había dado la luz y se disponía a preparar un par de cafés.

El ruido de la cafetera era ensordecedor. Nia hablaba a gritos, explicándome cosas que me eran complicadas de descifrar.

- Sé que no eres arquitecto, Jimmy, pero ya me lo contarás cuando quieras. Sabes a que me dedico yo? Soy bailarina. Danza africana. Sí, un día de éstos te haré una exhibición. Te encantará.

Vino a mi lado, con dos cafés en la mano. Yo no era capaz de tomar ni un sorbo, pero ella casi me obligó.

- No he encontrado azúcar, pero está bueno – dijo tomando un sorbo.
- No gracias, no… no me gusta el café.
- Oh, Jimmy, de nuevo mintiéndome? Pruébalo, va…
- No, de verdad.
- TOMATE EL CAFÉ! – gritó – por favor – susurró.

Le di un sorbo. Estaba caliente pero no abrasaba, y, pese a que estaba amargo y la taza sucia, no sabía mal del todo. Se podía decir que el café me entró bien al cuerpo, dándome una cierta sensación de tranquilidad. Entonces, Nia me acarició la mano de nuevo y luego el brazo. Volví a sentir la misma sensación escalofriante que en el vagón de metro. Clavó sus ojos verdes en mi mirada oscura.

- Estamos en Lintontown, Jim. No sabes qué hay ahí fuera, verdad? No puedes ni imaginarte lo que hay ahí fuera. No puedes saberlo, tú, un simple peón de la construcción, que sueña con ser algo que jamás será. No, Jimmy no, no sabes qué clase de gente vive ahí fuera. Gente de la peor calaña, ladrones, estafadores, violadores, hombres que pegan a sus hijos, mujeres que prostituyen a sus hijas, asesinos psicópatas y de los que matan por odio… hace mucho frío, las calles están sucias, la comida rancia, el aire está contaminado, el dinero está manchado de sangre y no te puedes fiar de casi nadie. Pero todo lo malo de Lintontown no es importante. En esta ciudad, todas las personas son libres y nadie te hará daño siempre y cuando te mantengas fiel a tus principios y objetivos. ¿Sabes cuales son los míos? Abrir los ojos a gente como tú, muertos en vida en cárceles de cemento como tu ciudad. Decirles lo que necesitan oír aunque me chillen a gritos otra cosa. Descubrirles que pueden ser felices siendo lo que quieren ser y no siendo lo que tienen que ser.

Un ruido me hizo girar la cabeza. Era el sonido de un tren.

- Viene el tren, Jimmy. Tienes dos opciones. Seguirme por Lintontown o subirte en este metro y seguir siendo James.

Dudé unos segundos. Miré su mano extendida que me animaban a seguirla, las luces del metro entrando en el túnel del apeadero. Lintontown, Unán… mi cabeza me dio tres vueltas de campana y cogí su mano para seguirla en la mayor aventura que he corrido en mi vida.

14 de marzo de 2008

Con los cinco sentidos

Una bocanada de aire corrupto entró en mis pulmones nada más abrir la puerta. “Maldita sea, quién está fumando tanto?”. Era Tom, el guitarrista, siempre con el cigarro encendido. Me ponía enferma.

Eran las tres de la tarde de un 11 de agosto y hacía mucho calor. Estaba cansada de estar encerrada en el estudio desde hacía tres días. No podía con mi alma. Me dolía todo el cuerpo, pero tenía que acabar con aquel tema y cerrar el disco de nuestro éxito mundial.
Me quité los zapatos como siempre hacía al entrar en el estudio. Mis pies desnudos tocaron la moqueta. Caminé lentamente, sintiendo el suave tacto del suelo en las plantas de mis pies. Me situé delante del micro, miré la letra del papel que tenía delante e hice el ok a Mark, el técnico. Tom seguía fumando.

“Apaga el maldito cigarro, Tom. ¡¡¡Me estás matando!!!”
Me sonrió haciéndome un gesto de burla. Sudaba como siempre por el esfuerzo de tocar la guitarra. Le miré y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Siempre me producía ese extraño efecto mirarle. Me ponía nerviosa, me ponía histérica. O, tal vez, para que vamos a negarlo, simplemente me ponía. Así que intenté no mirarle más para no desconcentrarme. Tenía que acabar aquello pronto.

Detrás mío, Paul rompió el silencio con una serie de redobles. Pam, pam, pam... calentaba su batería con entusiasmo. Me giré. Estaba concentrado en su ritmo.

“Paul, dame entrada” – le dijo Tom.

Paul no le escuchaba. Estaba absorto en sus mecánicos movimientos. Pam, pam, pam. Yo seguía mirándole. Cualquier cosa para no centrar mi vista en Tom.

“Paul, ostias, que me des entrada”

Me irritaba la voz de Tom. En aquel momento me irritaba todo. Solo quería empezar con el ensayo, grabar mi parte e irme.

A mi izquierda estaba Chris, el bajista. Estaba sentado al lado de una mesa, escribiendo algo. La mesa estaba repleta de papeles revueltos, cajetillas de cigarros, púas... todo revuelto y desordenado. En el centro, había lo que yo quería.

“Pásame la cerveza”.

Chris me acercó la botella. Le di un trago. Estaba amarga y caliente.
“Esta cerveza está caliente, ostias”
“Lizzy, puedes irte preparando, por favor?” – la voz de Mark me interrumpió en mi enfado con el mundo por haberle dado un trago a ese líquido que no sabía a nada.

Me coloqué en mi sitio, con el gusto amargo todavía en mis labios. El olor a tabaco lo inundaba todo y empezaba a costarme respirar. Maldije a Tom “a soto voce”.
Justo cuando iba coger mi guitarra, Tom pasó a mi lado y me rozó con su brazo sudado. Siempre tenía que ocupar el mayor espacio en el estudio, haciéndolo todo suyo, creyéndose el mejor guitarrista jamás nacido. Volví a temblar.

“Apaga ya el cigarro, hablo en serio”
“Tranquila fiera, ya lo apago. Estás que muerdes”.

Me coloqué los auriculares. Cogí mi guitarra y la afiné. Mis dedos se deslizaban fácilmente por aquellas cuerdas que conocía perfectamente. Probé un riff. Lo hice sin pestañear, con rapidez, calculando cada nota con mis dedos, como solía hacerlo cuando quería que algo acabara rápido, masturbando a la guitarra, como solía decirme Tom cuando bromeaba. El sonido entraba limpio por mis oídos. Paul había dejado de aporrear la batería. Tom apagó finalmente el cigarro. Me situé delante del micrófono y le hablé a Mark.

“Paul da la entrada, empieza el solo de Tom y Chris y yo entramos después”.
“Ok, Lizzy. Estais preparados? Tom, estás listo?”

Se acercó para decirme algo sobre la primera estrofa. Me quité los auriculares porqué no le escuchaba.

“El giro de la segunda entrada…”

Paul nos interrumpió con un redoble.

En aquel momento, tuve que parar.

“Un momento”.

Cruce de nuevo el pequeño estudio. Seguía cargado. Estaba sudando a chorros por el calor, no podía apenas respirar y necesitaba un trago. En el control, Mark me miró extrañado. El resto del equipo también. Seguía descalza, pero no me había dado ni cuenta. Le arrebaté la cerveza a John, el manager. Le miré a los ojos y le dije “la necesito. Algún problema? Ah! Dile a tu chico que no fume tanto, me tiene asfixiada”.

Salí como una exhalación del control, ordenado, pulcro, con el aire limpio, y me volví a sumergir en el caos del pequeño estudio, ruidoso y maloliente, sin aire acondicionado y con cerveza caliente. La que llevaba en las manos se me derramó en la moqueta, creando una fea mancha y dejando un olor pestilente bajo mis pies. Me maldije por ello. Volvimos a prepararnos y empezamos a tocar la prueba de la última canción. En aquel ambiente cargado, tenía que salir, sin duda, una obra maestra. No pudo ser de otro modo.

3 de marzo de 2008

El último adiós

Mentirosa, falsa, mala y cruel. He tardado en descubrirlo pero finalmente lo he hecho. Todo este tiempo he vivido sumido en un engaño, en una mentira, en una historia que no era real y, aunque ahora sea tarde, prefiero haber conocido a la verdadera Miranda y no a ese espejismo que creía que eras. Ahora que estamos aquí, separados pero frente a frente, siento que aún no es tarde. Quiero que sepas lo que pienso de ti.

Recuerdo tu figura en la barra del bar, con pose de perdedora, aquella noche, en aquel bar donde sólo estabamos unos cuantos hombres jugando al billar y tú, agarrada a una botella de whisky. Recuerdo que me acerqué y que tú llorabas. Me acuerdo que me contaste que estabas triste y desolada, que no tenías dinero, que habías vivido dos tristes historias de amor con final infeliz. Recuerdo que dijiste que la infelicidad eras tú.

Tu primer marido te pegaba unas palizas de muerte y tú callabas, encerrada en la habitación, esperando a que llegara Dios sabe con qué humor. Sentí pena y compasión, lástima y ganas de protegerte. Me contabas que había sido una liberación que un buen día se marchara para no volver, aunque te dejara sin dinero y con muchas facturas por pagar. Decías “desapareció sin más. No dió señales, la policía no le encontró”. Luego, te declararon viuda. Volviste a casarte.No tuviste mucha suerte con tu segundo marido. ¿Qué tienen algunas mujeres que solo van a dar con hombres malos? –pensaba. Este no te pegaba, pero te era infiel y te contagio una enfermedad de transmisión sexual. Pero lo que más te dolía no era eso, era que tampoco llegabas a final de mes. Le amabas, pero él a ti no, y aun así, tuvisteis dos hijas. Él también se fue de repente. El corazón se le paró un frío día de invierno. Viuda por segunda vez y con el alma partida en dos de nuevo.

Y entonces llegué yo, para hacerte compañía, para completar tu vida por primera vez en un sentido positivo, para arreglar tus penas económicas, para ser tu amor, amigo, amante, compañero de piso, paño de lágrimas, padre de tus hijas... yo creía que contigo iba a tocar el cielo.

Creí que lo había hecho, me sentía en la gloria a tu lado. No sabía que, en cambio, me estaba abrasando en el infierno.

Mujer de alma, lengua y manos venenosas, todo en tu forma de ser ha sido un engaño. Pasear contigo era caminar con una serpiente. Dormir contigo era dormir con mi enemigo. Hablar contigo era contarle mis secretos a un mal abogado. Sentarme a comer contigo era comer con el mismo diablo.

Tus malas artes me estaban atrapando y yo no lo veía. Me había vuelto invidente ante tu maldad. Me estaba quedando cada día más ciego.

Hasta que un día me di cuenta de que me habías asfixiado. Tu primer marido no se había marchado. Había muerto. Tu segundo marido no tenía problemas cardíacos, lo habías matado. Envenenados.

Y claro, también querías mi dinero. Mi herencia. Me he dado cuenta, pero no ha sido del todo tarde. No te vas a llevar nada. Ayer cambié mi testamento. No vas a ver ni un céntimo. Te siento riéndote frente a mi ataud, pero ya sabes que quién rie el último, sin duda, rie mejor.

1 de marzo de 2008

León

Siempre está ahí, vigilando, al acecho, esperando paciente a que algo suceda y, aunque no pase nada, siempre mira hacia el frente. No gira la cabeza, no se preocupa por lo que hay detrás. Lo que hay a sus espaldas carece de sentido. Y mueve el rabo orgulloso, pensando en el camino que le espera y las aventuras que vivirá de ahora en adelante...